Los cien años de Macondo

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Libre albedríoInvitada: Gaby Valencia

Puede ser que hablar de Gabriel García Marquéz en un website colombiano resulte un lugar común, sin embargo su maravillosa novela, Cien años de soledad es una obra que, como todos sabemos, ha traspasado fronteras y temporalidades.

No pretendo en este texto hacer un análisis literario de la obra, en primera porque hay muchos y muy buenos (¡bendito google!)  y por otra parte, porque  probablemente nos llevaría varías sesiones realizar tal aventura.

No, es más bien el pretexto idóneo para traer a cuento las sensaciones producidas en sus páginas, los sueños (o pesadillas, según se prefiera) provocados al irse adentrando en el conocimiento y reconocimiento de personajes tan complejos e interesantes como los habitantes de Macondo.

Los invito a que recuerden el primer momento en que este maravilloso libro cayó en sus manos, si fue en una librería, en la vieja biblioteca de la escuela, en la casa de algún amigo,  Y es que algo innegable es que desde la primera línea te atrapa: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”… empecemos pues.

Tenía  19 años cuando me enamoré de Don José Arcadio Buendía, es por eso que mis recuerdos se encuentran encadenados a un castaño. La noche que murió inundé con lágrimas mi almohada.  Así mismo me encariñé con Úrsula y con ella conocí los secretos de ese pueblo mágico, ella ha sido, como pocas, amiga y maestra de fortaleza y paciencia.

Nunca antes un personaje me había producido tantas diferentes sensaciones al mismo tiempo: curiosidad, compasión, empatía y claro, envidia. Amaranta con esa sensualidad casi parsimoniosa, ¡cuántos deseos ahogados! Es una pasión que duele.

¿Cómo ignorar a Remedios la bella? Muchas veces quise meterme en las páginas para abrazarla, de tanta ternura que me dio esa niña, y que desconcierto al quedarme con sus sábanas entre las manos, mientras ella se elevaba por el aire.

¿Quién no quisiera vivir siempre con la jocosidad desbordante de Petra Cotes y su risa que espantaba a las palomas?

¡Melquiades! que con su magia me hechizó desde el primer momento y se convirtió en uno de mis favoritos,  aún hoy, muchos años después, lo sigo recordando con entusiasmo y respeto.

Quizás mi juicio sea un poco egoísta pero ninguno de los muchos Aurelianos me provocó más allá de una sonrisa, salvo el Coronel cuya tristeza se me quedó pegada en la piel como el olor de una guayaba.

Sin embargo, sin duda hay alguien que estará siempre en mi corazón, por muchas razones diferentes, pero sobre todo porque el amor marcó su vida igual que la mía: Mauricio Babilonia y sus inolvidables mariposas amarillas.

Hace 20 años me encontré con esta estupenda novela y no puedo entender cuando alguien me dice que no la ha leído, es una de esas lecturas obligadas, sobre todo, para quienes amamos la literatura.  Nunca es tarde Marco, nunca es tarde…

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