Garciamarquianamente

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Libre albedríoInvitado: Tulio Ramos @TRamosM.

Reviso las noticias (terco que es uno) y, después de ejercitar esa mala costumbre, me encuentro con dos asuntos ampliamente comentados, analizados, columnizados, en periódicos y revistas, que me molestan y de los que, de entrada, pienso escribir: la persecución contra la corajuda Viviane Morales, uno, y la mediocridad del Gobierno y de la diplomacia de Colombia, que no sabe cómo manejar el tema de Cuba (su injusta exclusión), Obama y la Cumbre de Cartagena, lo que muestra el roto ideológico que padece Santos, evidenciado con la encerrona política bien urdida que le obsequiaron los países del Alba, dos. Ambos temas me saturan por el hedor que despiden. Me aburro a veces de tantos hechos que, por uno y otro lado, no hacen sino traernos a la memoria la clase de país que es este; por eso, mejor me concentro en el cumpleaños de nuestro Gabriel García Márquez, que fue ayer, 6 de marzo, fecha que nunca ha sido coincidencia, pues recordemos que en marzo llegaban los gitanos… Cumpleaños ochenta y cinco del hombre de Aracataca, quien hiciera grande a esta tierra desde la poetización de sus miserias, invisibles hasta que las leemos, asombrados, de la literatura compasiva de Márquez, como es llamado el cataquero en Alemania.

Mucho se ha dicho ya con los años, de García Márquez y de su obra. Sin embargo, me parece conveniente agregar algo que he venido pensando en los últimos tiempos, como colombiano-caribeño que soy, es decir, como juez, parte y testigo de los hechos que han servido de base cultural para que el Nobel de 1982 se haya inmortalizado a sí mismo, inmortalizándonos. Me refiero al interesante problema que en buena hora nos ha quedado para aprehender nuestra realidad desde que Gabo nos mostrara una forma de hacerlo, su interpretación, a través de ciertos elementos que no viene al caso traer a cuento ahora, pero que son característicos de su obra. (“El estilo es el hombre”, después de todo, me parece que dijo Anatole France). Lo que quiero decir, en parte, es que a los colombianos del Caribe de alguna manera nos ha quedado la maña de buscarle una cosa macondiana a todo lo que nos pasa, explicando, y a veces hasta justificando, muchas de nuestras taras. No creo que sea ese el legado de García Márquez, o el de Cien años de soledad, como prefiera. Pienso, más bien, que el atrevimiento sociológico de Gabo debe servirnos, justamente, para eso: seguir analizándonos y formulando teorías útiles de por qué somos así como somos, occidentalizados y arribistas, verdaderos hijos de nadie, desterrados de nuestra propia tierra, y, aún únicos.

Gabriel García Márquez influyó socialmente tanto con sus libros (tan indefensa que parece la literatura) que realmente logró identificarnos un poco, darnos carácter, en este mar de incertidumbres sin nombre que es el Nuevo Mundo hispanohablante. Y en lo literario sigue ejerciendo tal influencia que se ha puesto hasta de moda, en los últimos tiempos, el famoso desmarque que muchos escritores colombianos (y uno que otro latinoamericano) han tenido que hacer para no escribir como si hubieran nacido en el Caribe, en Aracataca. Ironías de la vida. Algunos de ellos han llegado hasta al descrédito de la obra garciamarquiana para así poder sentirse tranquilos. Por supuesto, a tales autores nadie los recuerda, sencillamente porque nadie nunca supo quiénes eran, y aún hoy nadie sabe quiénes son. En cambio de García Márquez se sabe tanto, se espera tanto y se habla tanto, que todavía parece 1967, el primer día, cuando el sueño del pueblerino se hizo deliciosamente realidad: que todo el mundo, literalmente, hable de su pueblo.

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